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Leer a Gloria Fuertes es habitar su nombre, estar en la gloria,
querer ser ella. Su poesía es un planeta al que no viajas, porque él
llega primero y te conquista. Y lo hace sin más armas que el vértigo
de asomarse a su ventana y querer desde entonces beberse los
árboles y las aceras.
El día que empiezas a sentirte colonizado por su Gloria, te das
cuenta de que empiezas a ser más joven y más viejo al mismo
tiempo, que te haces niño y abuelo a la vez, que has empezado a
rozar con los dedos la sabia inocencia que poseen los que nunca
abandonan la niñez, porque saben que allí está lo mejor de la vida,
y han decidido hacerse viejos jugando a vivirse, mientras caminan
sobre el alambre y las cornisas.
Sus versos son una delicada y honda transfusión que nos
permite volver a levantarnos, después de habernos desollado las
rodillas por perseguir las mariposas que nos salían de la cabeza.
Por eso, a todo aquel que quiero (y al que no quiero
también), le deseo que en Gloria esté.
La poesía de Gloria Fuertes es pura música. Hacer de sus
poemas canciones es un viaje apasionante, sus frases se
convierten en mantras, se recorre su dolor, su ironía y su ternura.
El arpa teje la unión entre los capítulos y genera una escenografía
emocional que ahonda en lo más puro de su palabra.
Por eso, a todo aquel que quiero (y al que no quiero también), le deseo que en Gloria esté.